Situado en el barrio de Carabanchel, a pocos metros de la calle del General Ricardos, el Cementerio Británico de Madrid formaba parte de una antigua iniciativa del Gobierno británico, surgida a finales del siglo XVIII, para establecer un camposanto destinado a ciudadanos de nacionalidad británica. La idea venía de lejos, pues aquellos ingleses que tenían la desgracia de fallecer en España no podían ser enterrados en cementerios católicos, lo que suponía un grave problema para sus familiares, que se veían obligados a sepultarlos de forma clandestina y en lugares anónimos. En Madrid solían recibir sepultura en la huerta del convento de Recoletos (hoy Biblioteca Nacional de España) donde se realizaban los entierros de noche y sin ningún tipo de ceremonia.
Finalmente, mediante Real Orden de 13 de noviembre de 1831, se concedió la autorización, siempre y cuando «se observen las formalidades prevenidas, a saber: que se cierren con tapias, sin iglesia, capilla u otra señal de templo, ni de culto público ni privado; y que bajo la misma condición podrán hacer uso del terreno que tienen comprado en esta Corte...», según consta en la Real Orden de 11 de mayo de 1854, dictada durante el reinado de Isabel II, ya que en aquella época la tolerancia religiosa no estaba legalmente permitida en España.
Tras las dificultades para encontrar un solar adecuado en el que establecer un cementerio protestante, inicialmente se pensó en construirlo en el lugar que hoy ocupa la Plaza de Colón. Sin embargo, esta idea fue descartada ante el previsible crecimiento de la ciudad hacia esa zona. Finalmente, se optó por situarlo en Carabanchel, que por entonces constituía un municipio independiente de Madrid. El Gobierno británico adquirió el terreno actual, ubicado «a la derecha de la carretera de Carabanchel, saliendo de Madrid, pasando el puentecito de San Dámaso», en un paraje conocido como «Los Chacones». Aun así, se prohibió que destacara cualquier emblema religioso, aunque, de manera sorprendente, se autorizó la colocación del escudo victoriano en la fachada del edificio.
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| Entrada del Cementerio Británico |
El proyecto iba a ser realizado por el arquitecto Wenceslao Ubiña, pero su elevado presupuesto hizo que, en 1853, la obra fuera encomendada al napolitano Benedetto Albano, ingeniero del Ministerio de Obras Públicas británico (Board of Works). Albano firmó sus planos en París, donde residía entonces, y posteriormente se trasladó a Madrid para supervisar el inicio de las obras.
El camposanto fue inaugurado en 1854, y el primer enterramiento, el de Arthur Thorold, tuvo lugar el 10 de febrero de ese mismo año. Aunque en un principio estuvo destinado al entierro de cristianos, desde comienzos del siglo XX también acoge a personas de otras confesiones, especialmente de la comunidad judía.
Durante más de cien años, y hasta la década de 1990, el cuidado del cementerio y la residencia en su recinto estuvieron a cargo de cuatro generaciones de la familia Garrido. Entre sus miembros destacó Rita Garrido, primera actriz del Teatro de La Latina, quien llegó a ofrecer representaciones en el propio cementerio. Junto a ella vivió su esposo, el brasileño Ricardo Freire, compositor de la canción Doce Cascabeles, que alcanzó gran popularidad en la voz de Joselito.
Durante la Guerra Civil Española, el cementerio quedó situado en una zona de intensos combates, ya que la línea del frente discurría entre esta parte de Carabanchel y el río Manzanares. La actividad fue mínima debido a la evacuación de la mayor parte de la comunidad británica y, tras el entierro de Lesley White a finales de 1936, no se registraron nuevas inhumaciones hasta el término del conflicto.
En la actualidad, el camposanto sigue perteneciendo al Gobierno británico, que gestiona los fondos destinados a su conservación, mantenimiento y restauración. Entre las intervenciones más destacadas figura la realizada en 1997, durante la cual se restauró la puerta de entrada, se derribó la vivienda de los guardas y se construyó en su lugar un cenotafio en el que figuran los principales benefactores que contribuyen económicamente al sostenimiento del cementerio. Gracias a la generosidad de dos familias de acaudalados industriales británicos —los Sunley, vinculados al sector de la construcción, y los Allen, relacionados con la industria cervecera—, ambas con familiares enterrados en el recinto, se han podido subsanar en los últimos años importantes deficiencias estructurales, entre ellas las relativas a los cimientos. El cementerio, pese a no ser muy grande, concentra una parte significativa de la burguesía extranjera asentada en Madrid y alberga alrededor de 600 tumbas. Entre sus moradores descansan familias enteras de gran relevancia, como los Brooking, proveedores de joyas de la Casa Real; la dinastía Bagration, antigua casa reinante de Georgia; los Boetticher, impulsores de la industria pesada en Villaverde; los relojeros Girod; los alemanes Loewe, fundadores de la conocida empresa dedicada a artículos de lujo; y los franceses Lhardy, cuyo patriarca, Émile Huguenin Lhardy, fundó en la Carrera de San Jerónimo el restaurante que aún lleva su nombre. De entre todas estas sepulturas destaca el panteón de inspiración egipcia de los Bauer, una familia de judíos húngaros que representó en España a la banca internacional encarnada por los Rothschild. En su interior pueden verse inscripciones en hebreo. Otro mausoleo especialmente notable es el de los austriacos Tersch, de estilo masónico. Allí reposa Ekkehard Tersch, miembro del partido nazi y padre del periodista Hermann Tertsch.
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| Panteón de inspiración egipcia de la familia Bauer |
También se encuentra aquí enterrada Margarita Kearney Taylor, fundadora en 1931, en el Paseo de la Castellana, del célebre salón de té Embassy, concebido al estilo inglés y orientado inicialmente a los clientes de las embajadas establecidas en la zona. El establecimiento alcanzó gran notoriedad y, tras la muerte de su fundadora, se convirtió en un importante centro de actividad de espionaje durante la Segunda Guerra Mundial. Otras sepulturas destacadas son las de William Parish, propietario del Circo Price; Alice Bache Gould, especialista en Cristóbal Colón; el fotógrafo galés Charles Clifford, autor de algunas de las imágenes más antiguas conservadas de España; el estadounidense Arthur Byne, colaborador del magnate William Randolph Hearst y relacionado con la salida al extranjero de numerosas obras de arte españolas; los nobles polacos, el conde Zavadowsky y la baronesa Tatiana de Korf; y el irlandés William Starkie, fundador del Instituto Británico.
Como puede apreciarse, entre las personas aquí inhumadas existe una notable diversidad de nacionalidades. Los británicos constituyen aproximadamente la mitad de las sepulturas, pero también están representadas otras comunidades, como la alemana (63 enterramientos), la estadounidense (49), la española (30), la suiza (28) y la francesa (27), dentro de un total de 43 nacionalidades distintas.
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| Sepultura del barón y la baronesa Korff |
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| Tumba de William Parish, propietario del Circo Price |
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| Curioso relieve que representa a las almas de los fallecidos |
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